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Josep M. Lozano

josepm.lozano@esade.edu
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Fax: +34 932 048 105
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E-08034 Barcelona


Twitter - Josep M. Lozano

 

Persona, Empresa y Sociedad
El blog de Josep M. Lozano  
   
Author: Josep M. Lozano Created: 16/10/2008 11:45
Persona, Empresa y Sociedad - el blog de Josep Maria Lozano

 



En Cataluña (y en España, y en muchos países) tenemos diversas cuestiones pendientes. Una de ellas, lo oímos constantemente, es un debate sobre los valores. Pero no lo tenemos pendiente simplemente porque nos hayamos retrasado. Lo tenemos pendiente porque nos encontramos en una encrucijada histórica que no encauzaremos bien si no llevamos a cabo también un trabajo consciente sobre los valores.

Pero cuidado. No mejoraremos nuestras vidas hablando sólo de valores, e incluso hay el peligro de empeorarlas. Los valores tienen que ir inseparablemente unidos a las prácticas. Hablar de valores sin hablar de prácticas (personales, políticas, empresariales, etc.) nos llevaría a engrosar la nómina de los charlatanes.

Tenemos que vincular los valores al sentimiento de pertenencia. Podremos avanzar como nación cuando creamos, compartamos y practiquemos juntos determinados valores. Sin un sistema de valores compartido no seremos un colectivo capaz de avanzar hacia un proyecto ni podremos aportar nada al mundo. Sólo a partir de aquí nos podremos abrir a los demás e integrar nuevos valores. Podemos querer ser mejores, e incluso podemos tener la ilusión de ser los mejores. Pero donde tenemos que poner de veras el acento es en aquello que lo hace posible. Lo que nos tiene que identificar y en lo que nos tenemos que reconocer es en unas prácticas, en unas maneras de hacer compartidas, en una autoexigencia colectiva que valga por sí misma y que no se defina en función de lo que hagan los demás. La identidad no se sitúa en lo que es exclusivamente nuestro, sino en la reafirmación de lo que tiene que ser irrenunciable para nosotros, en los valores de referencia y en las maneras de proceder.

La crisis nos puede servir de contraste para darnos cuenta de que nos toca vivir "tiempos duros", pero que seguimos con la inercia de actuar con "valores blandos" (como por ejemplo el valor de la inmediatez, la incapacidad de renunciar a nada o de diferir las recompensas, la aspiración al riesgo cero, la proyección de responsabilidades en los demás...). Nuestros abuelos se habían educado en los valores de la restricción. Nuestros hijos lo han estado haciendo en el valor de la compulsión y el deseo ilimitado. La crisis económica y financiera, sin embargo, pondrá a prueba de manera profunda este paradigma. Tenemos de nuevo la oportunidad de reinventar y repensar nuestras maneras de actuar.

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La RSE en contextos de conflicto y postconflicto: de la gestión del riesgo a la creación de valor, éste es el título del libro que acabamos de publicar con María Prandi. De hecho, la primera persona del plural es un eufemismo, porque María es el alma, la impulsora y la inspiradora del proyecto. Y, sin duda, la mejor experta que tenemos en España sobre estas cuestiones.

El libro cierra una trilogía que busca identificar, evaluar y promover el papel de la empresa respecto a los tres pilares fundacionales de Naciones Unidas: los derechos humanos, el desarrollo y la construcción de paz. En este sentido, publicamos en el año 2006 la Guía práctica de derechos humanos para empresas y, posteriormente, en el año 2009 una reflexión sobre el potencial de las empresas para luchar contra la pobreza a escala mundial a través del título ¿Pueden las empresas contribuir a los Objetivos de Desarrollo del Milenio? Claves para comprender y actuar. Ahora se ofrece, a través de este volumen un recorrido por las diferentes aproximaciones del sector privado a la construcción de paz en países en conflicto y postconflicto. Esta reflexión tiene directamente que ver con una cuestión tan relevante hoy en día como es la del papel de los actores no estatales en la gobernanza mundial. Si este papel es un riesgo o una oportunidad, y para quién, es algo sobre lo que pretende debatir esta publicación.

La primera idea que surge de esta reflexión conjunta es que los tres ámbitos -derechos humanos, desarrollo y paz- se hallan interconectados entre sí, especialmente, en los llamados entornos complejos. Y que, por consiguiente, esta conexión debe verse reflejada intrínsecamente en las políticas de RSE, pero no sólo en su contenido sino también en la manera cómo se construye. Efectivamente, en un país en reconstrucción post-bélica con una importante destrucción física pero también...

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[Este artículo se refiere a la campaña electoral en curso en Catalunya. Sin embargo -no sé si por suerte o por desgracia- lo que se plantea me temo que, más allá de temas coyunturales, es de aplicación en muchos otros países].

¿Cómo restaurar la grandeza de la política en Catalunya? Esta fue la pregunta que nos decidió a dirigir y editar hace poco una investigación que, con el título Política y valors, encargamos a nuestro colega Daniel Ortiz. Hoy, a las puertas de unas elecciones que todos coinciden en caracterizar como "una encrucijada histórica", el tema de los valores en la política vuelve a ponerse encima de la mesa.

Conviene, sin embargo, ser cautos. Como nos recuerda Daniel Innerarity, lo que va en contra de la política no es la inmoralidad sino la mala política. Y lo que necesitamos en Catalunya es mucha política y buena política. Política catalana y en clave catalana. Buena política hacia dentro y buena política hacia fuera. Y siempre se da una interpenetración entre buena política y buenos valores. No es el momento de los "discursos" sobre valores, de la retórica electoral descomprometida y hueca, sino de la acción creíble, de las buenas prácticas. No es, por tanto, el momento de hablar de los valores en la política, sino de explicar y practicar la política de los valores, de comprometerse con un tipo de acciones que, por su intencionalidad, direccionalidad y criterio, todo el mundo comprenderá que están inspiradas en valores.

La buena política, la política de los valores en Catalunya, debe ir asociada con acabar con el tacticismo, con poner fin a la manipulación, al inmediatismo y la improvisación, con enterrar la astucia del oportunista. La buena política tendrá que ver con la calidad humana de los candidatos, con el compromiso firme de los partidos en encarar reformas (en su funcionamiento interno; en su sistema de financiación;...

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Si hay una palabra recurrente en los debates de los últimos tiempos, esta palabra es liderazgo: su necesidad, su déficit, sus requerimientos. A veces se plantea como si fuera la nueva poción mágica. Es uno de los (supuestos) diagnósticos más frecuentes: aquí falta liderazgo. Sustitúyase aquí por país, gobierno, mundo, empresa, asociación, equipo... lo que haga falta.

Y hay que empezar a considerar si es posible pensar los liderazgos sin pensar sus finalidades. Porque a menudo parece que pensar el liderazgo es pensar una función sin finalidades (o al margen e independiente de ellas). Estamos tan excesivamente obsesionados por la confusión práctica entre líder y liderazgo, que nos limitamos a reducirlo todo -de hecho- a la pregunta por el líder, hasta el punto que a menudo descuidamos la cuestión sobre la visión global del liderazgo. Si reducimos la pregunta por el liderazgo a la pregunta por el líder, caeremos inevitablemente en lo que con Àngel Castiñeira hemos denominado la paradoja Hitler-Gandhi, que es la perplejidad que produce constatar que muchas -¡pero muchas!- de las definiciones o conceptualizaciones que se hacen sobre el liderazgo encajan perfectamente de manera indistinta en estas dos personalidades. Y, claro está, si las podemos aplicar a dos personalidades que representan perfiles y trayectorias tan diversas (o incluso opuestas), entonces la pregunta es: ¿qué se nos escapa o qué hace falta en el debate y a la reflexión sobre los liderazgos, dado que da como resultado precisamente esta posibilidad? El sentido común nos diría que tenemos que añadir algo más a nuestra reflexión cuando tantas descripciones, teorizaciones o planteamientos sobre los liderazgos permiten perfectamente poner bajo la misma definición personajes tan dispares y maneras de proceder tan diferentes. Lo que me parece que no tenemos que hacer es tratar de mejorar las definiciones:...

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La última pedrada verbal que nos dejó el inefable Ibra antes de trasladar sus tatuajes a Italia fue la de calificar reiteradamente a Guardiola de filósofo. No cabe duda que dicha calificación, en boca de alguien que piensa con los pies, pretende ser peyorativa: se supone que el así calificado exhibe una bella palabrería que embauca a los oyentes y les aparta de atender a lo concreto y de agarrar al toro por los cuernos. Pero en su despedida nos dejó un interrogante digno de ser considerado. ¿Ser un filósofo es un descrédito para alguien que asume responsabilidades directivas, debe acompañar y liderar a un equipo en el camino a la excelencia, y debe ser evaluado por los resultados tangibles que consigue?

Nada más lejos de nuestra intención, por cierto, que contribuir al botafumeiro que los más diversos expertos en liderazgo mueven últimamente a mayor honor y gloria del entrenador culé. Diríase que los ha abducido hasta el punto que hoy no hay debate o texto sobre el liderazgo que se precie que no lo cite inmediatamente como ejemplo… a menudo con la incapacidad de añadir cualquier otro a continuación. La fascinación que el mundo del deporte –y algunos deportistas- despiertan últimamente en la variopinta nómina de expertos en liderazgo y coaching retrata con más precisión a nuestra sociedad y a dichos expertos que a los propios deportistas.

Volvamos, pues, al uso peyorativo de filósofo para calificar a un directivo. Refleja probablemente la herencia de una mentalidad para la cual los resultados, la eficacia, el activismo y los mensajes simples y directos son sinónimo de buena gestión. Para esta mentalidad, ser un filósofo es una pérdida de tiempo que aparta de la inmediatez de la acción, retarda y complica la toma de decisiones, y conduce a perderse entre las brumas de la abstracción y el enredo. Pero no cabe suponer, al menos por nuestra parte, que a dicha mentalidad se le contraponga el deseo de retornar a la platónica idea del rey-filósofo. Porque existe también una mentalidad para la cual la loable defensa de la filosofía consiste en afirmar y proponer ideas y valores al margen de cualquier contexto, convertirse en depositario exclusivo del esplendor de la Verdad, y tener que soportar a la realidad como una especie de limitación inevitable que constriñe y dificulta la aplicación de las ideas que serían impecables sino fuera por los lamentables sinsabores que siempre conlleva pretender llevarlas a la práctica.

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[Nota previa para los lectores que no sigan la política catalana y/o española: hace pocos meses el Parlament de Catalunya votó –y aprobó- una ley por la que se prohiben las corridas de toros en Catalunya a partir de 2012. Para esta votación, algunos partidos dieron "libertad de voto" a sus parlamentarios]

Si fuéramos diputados en el Parlamento hay algo que nos hubiera dejado mal sabor de boca después de la famosa votación sobre la prohibición de las carreras de toros. Y ese algo no es ni el resultado final, ni la resonancia obtenida, ni el uso mediático que algunos hicieron de ella. Lo que resulta preocupante es el tipo de razones que se ventilaron con el fin de justificar el procedimiento de la votación.

En primer lugar, esta reveladora expresión que nos habla de la "libertad de voto". Libertad graciosamente y excepcionalmente concedida por quien tiene el poder de hacerlo. Es lamentable constatar explícitamente y sin ambages que la situación parlamentaria habitual es no tener libertad, esperamos que sólo sea de voto. De hecho, hace pocas semanas, cuando se produjo en Madrid una situación como ésta pero en sentido contrario (un diputado del PSOE votó diferente, y por lo tanto libremente, de la mayoría de su grupo parlamentario cuando no se le había concedido el permiso de hacerlo), el jefe de filas de su grupo parlamentario comentó, al sancionarlo, que la opinión era libre, pero la lealtad era obligada. Desdichadamente, no aclaró qué tipo de lealtad y hacia quién. Queda claro, pues, que los electores de un diputado no son las personas que lo votan, sino el secretario general del partido, el de organización y las eufemistamente denominadas "comisiones de listas", que son los que deciden el orden en las listas. Lealtad... y obediencia debida a quien decide cuándo puedes hacer uso de tu libertad. No estamos propugnando un funcionamiento caótico e imprevisible...

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Hace unas semanas tuvo lugar en San Petersburgo la conferencia anual de EABIS. El tema de este año era Corporate responsibility and emerging markets. Presenté una comunicación que llevaba por título What emerges when a market emerges? Lo que quería plantear y debatir era que, supuesto que el lenguaje modela nuestra acción y configura nuestro horizonte vital, la misma denominación de "mercado emergente" ya comporta una opción valorativa de primer orden, que nos ilumina -y prioriza- algunos aspectos de la realidad y nos hace ciegos para captar a otros.

En concreto, lo que quería subrayar era que la misma denominación de mercado emergente dejaba en la oscuridad y fuera de nuestra atención a la sociedad en la que el mercado emergía. Incluso podría suceder que, en un contexto determinado, el mercado emergiera, pero que la sociedad (o determinados sectores de ella) se hundieran, algo que resulta irrelevante si nuestra atención se centra exclusivamente en los mercados. Resulta, por ejemplo, más que sintomático que cuando se hace la lista de mercados emergentes lo que se nombra es un conjunto de países que, por la magia del lenguaje, han dejado de serlo y se han convertido en (tan sólo) mercados.

Para explorar la cuestión, propuse hacerlo en diálogo con la última encíclica de Benedicto XVI, Caritas in Veritate. He señalado reiteradamente (y así lo volví a hacer allí) que la CV, desde mi punto de vista, tiene notables claroscuros, y que sus últimas páginas son de muy difícil digestión (y no precisamente porque sean de difícil lectura). Pero en nuestra atmósfera intelectual, propia de la sociedad post-moderna y de la modernidad líquida, confrontarse con alguien que tiene la pretensión de ofrecer un planteamiento sistemático, fundamentado y normativo puede ayudar -aunque sea por contraste- a construir la propia visión de las cosas....

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Se ha dedicado, dedica y dedicará mucho de tiempo a afinar definiciones de la RSE, a dicutirlas y a justificarlas. Es una tarea importante y necesaria, pero también subordinada y, hasta cierto punto, secundaria. Porque el problema no es la definición de la RSE, sino el modelo de empresa.

Deberíamos empezar a considerar que lo que hemos vivido y vivimos no es simplemente una crisis económica y financiera (que lo es); ni una crisis moral y de determinados valores (que también lo es). No saldremos adelante si no aceptamos que también es (y quizás por encima de todo) una crisis cognitiva. Una crisis cognitiva que envuelve y sostiene todas las demás crisis. Una crisis que apunta, directamente, a nuestra concepción de aquello que las cosas son. Y, en concreto, en nuestro caso, a aquello que es una empresa. El problema no es partir de determinadas asunciones sobre lo que es una empresa: el problema es convertir a la asunción en una verdad, más allá de la cual no hay otra cosa que el vacío y el abismo. El problema no es tener asunciones: el problema es que las asunciones le tengan a uno. Ya hace un cierto tiempo que U. Beck habló de conceptos zombis: conceptos que son auténticos «muertos vivientes», conceptos que fueron útiles y tuvieron vitalidad en el pasado, pero que ahora sólo perviven en nuestras mentes, sin ningún contacto con la realidad pero absorbiendo nuestra energía. Por eso ninguna definición de RSE no resolverá por sí misma los debates que ella misma pone en marcha. Porque el debate se no se juega en el terreno de la RSE, sino en el terreno de lo que se considera que es una empresa. Todas las resistencias y apologías de la RSE y de la diversidad de sus prácticas no se apoyan en estar más o menos convencidos de lo que sea la RSE, sino que se explican en la medida en que encajan -o no- en la comprensión previa que se tiene de lo que es una empresa. Es verdad...

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¿Será posible convivir en una sociedad en crisis? ¿Y a partir de qué valores lo podremos hacer? Éstas fueron dos de las preguntas planteadas recientemente en un coloquio organizado por CaixaFòrum con la presencia de destacadas voces de la sociedad civil catalana.

El debate, rico y diverso, sirvió para evidenciar que el tema de los valores no es tan sólo una "ocupación" de especialistas, sino una real preocupación de los ciudadanos a la hora de afrontar el apasionante reto de vivir en común. También contribuyó a presentar una visión matizada de la lectura a menudo apocalíptica que se hace. Vale la pena subrayar que en un contexto general saturado de ruido y furia, escuchar a gente cargada de sentido común tiene un importante efecto terapéutico. Quisiéramos comentar de manera muy resumida algunas de las contribuciones que se hicieron.

Empezamos por algunas consideraciones iniciales. Los valores convivenciales los necesitamos siempre, con crisis y sin crisis, aunque seguramente la crisis nos hace caer más en la cuenta de su importancia. La supuesta crisis de valores no viene de ahora, sino que es previa a la crisis financiera, la envuelve y la alimenta. La crisis -como diremos en un próximo libro- puede servir de contraste para darnos cuenta que nos toca vivir "tiempos duros", pero que seguimos con la inercia de actuar con "valores blandos" (como por ejemplo el valor de la inmediatez, la incapacidad de renunciar a nada o de diferir las recompensas, la aspiración al riesgo cero, la proyección de responsabilidades en los demás...). Y a pesar de todo, el pasado no es mejor que el presente. Tenemos problemas de valores, cierto, pero los tenemos en el marco de un cierto progreso, con esferas o dimensiones convivenciales y sociales en las que podemos constatar claras situaciones de mejora. Dentro de la lista de retos actuales podríamos destacar tres. 1) El problema...

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Llevamos ya unos años hablando de RSE. Quizás hablando demasiado pero, supuesto el punto de partida, hablar, debatir y dialogar era sin duda necesario. Pero hemos llegado a un punto en el que ya no hay mucho más que añadir. O, mejor dicho, hemos llegado a un punto en el que lo que hay que añadir ya no son más palabras, sino prácticas y líneas de actuación.

Por eso me parece muy importante la aparición de la Guía de responsabilidad social empresarial para el sector de tecnología sanitaria que acaba de publicar Fenin. Esta guía de Fenin es un paso muy relevante y significativo en esta nueva etapa. Y hablo conscientemente de nueva etapa. Considero que ya hemos de dar por clausurada la etapa de los enfoques generalistas sobre la RSE, en la que siempre se repiten los mismos discursos, los mismos ponentes y los mismos casos prácticos. A partir de ahora, la RSE no avanzará si no se plantea en clave sectorial y de manera adecuada a cada sector. Porque el objeto de la RSE no es una idea, sino la práctica empresarial. Y la práctica empresarial viene configurada por el sector en el que opera. Es necesario, pues, que los sectores empresariales se planteen cuales son las expectativas que la sociedad tiene respecto a su actividad y cual es su contribución a la sociedad. Esto es algo que no se puede dar por supuesto, al contrario: requiere sintonizar con la sociedad, percibir sus demandas y desarrollar la capacidad de reflexionar sobre la propia práctica, para no ser simplemente reactivos, y ser capaces de indagar en cada momento cual es la contribución más positiva que se puede llevar cabo. Y, por consiguiente, estar dispuestos, como sector, al cambio y la innovación. Esta guía de Fenin se inscribe claramente en esta nueva etapa. Y hasta cierto punto representa un paso al frente que pocos sectores se han animado a hacer. Porque es un paso al frente que da una organización...

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