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Josep M. Lozano

josepm.lozano@esade.edu
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Fax: +34 932 048 105
Av.Pedralbes, 60-62
E-08034 Barcelona


Twitter - Josep M. Lozano

 

Persona, Empresa y Sociedad
El blog de Josep M. Lozano  
   
Author: Josep M. Lozano Created: 16/10/2008 11:45
Persona, Empresa y Sociedad - el blog de Josep Maria Lozano

Hay que volver una y otra vez a Chillida-Leku. Como volvemos a los olores de la infancia, a los besos de la persona amada, a la oscura luminosidad de la propia intimidad, a la nostalgia del futuro. Hay que volver a Chillida-Leku, donde es posible ver con las manos y tocar con los ojos. Hay que volver a ese espacio abierto, como una ermita vacía y sin paredes, donde es posible ensanchar la mirada y recoger el espíritu. Ese espacio donde llega un momento en el que los robles devienen esculturas y esculturas palpitan, llenas de vida. Donde el ocre del acero y la palidez impura del alabastro se funden con la turgencia del verde. En este museo –si es que podemos seguirle llamando museo- la obra es el todo y, a la vez, cada pieza crea misteriosamente su propio espacio, como cada visitante crea su propio itinerario: al fin y al cabo, lo que hace vivir a escultura es el itinerario de quien se acerca a ella respetuosamente, y se mueve a su alrededor, y penetra en ella.

Contemplamos esculturas de 20 toneladas que maravillan por su levedad, sólidamente asentadas y ligeras a la vez. Ya lo dijo Chillida: parece una contradicción terrible la lucha contra la gravedad desde el peso. Pero esta lucha es la materia de la que está hecha la vida. Nuestra vida. De ahí sus reiteradas, casi obsesivas -y a la vez singulares- ingrávidas gravitaciones. No escapamos del peso y de lo que nos pesa, pero no dejamos de aspirar a luchar contra la gravedad, una lucha que no es más que aceptarla plenamente, totalmente, más allá de ella misma. Lo duro, lo pesado, lo rígido puede transmutarse (sin dejar de serlo) en lo flexible, lo grácil, lo ligero. Chillida es un arquitecto del vacío, que nos recuerda constantemente que la arquitectura es una respuesta, y la escultura una pregunta. Creador de espacios no funcionales, ellos son la morada del espíritu. Crear un espacio es crear y aceptar un límite, y habitarlo, y no flotar en la indeterminación ("el límite es el verdadero protagonista del espacio como el presente, otro límite, es el verdadero protagonista del tiempo"). Pero un espacio no dominado por lo funcional, no modulado por la avidez de lo utilizable, sino configurado por una dialéctica entre materia y espíritu mediante la cual penetrar en la escultura es acceder al lugar donde habita el espíritu. Y entonces empezamos a aprehender algo que Chillida repite a menudo: lo profundo es el aire.

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Estamos en medio de una crisis de proporciones gigantescas y de enorme gravedad a nivel mundial. No, no me refiero a la crisis económica global que comenzó a principios del año 2008. Al menos en ese momento, todo el mundo sabía lo que se avecinaba y varios líderes mundiales reaccionaron de inmediato, desesperados por hallar soluciones. En efecto, el desenlace para sus gobiernos sería arduo si no las encontraban, y a la larga muchos de ellos fueron reemplazados por causa de la crisis. No, en realidad me refiero a una crisis que pasa prácticamente inadvertida, como un cáncer. Me refiero a una crisis que, con el tiempo, puede llegar a ser mucho más perjudicial para el futuro de la democracia: la crisis mundial en materia de educación.

Estas palabras no son mías (aunque las hago mías): son el inicio de un libro reciente de Martha C. Nussbaum, que lleva por título Sin fines de lucro. Por qué la democracia necesita de las humanidades. El punto de partida de su preocupación es la constatación de que, en todo el mundo, se están erradicando progresivamente las humanidades de los planes de estudio y de las prioridades de la educación. Pero esta preocupación no es una preocupación gremial o corporativa. Es una preocupación por la razón de ser de la educación. Sostiene Nussbaum que la educación debe preparar para el trabajo, para el ejercicio de la ciudadanía y para dar sentido a la vida. Y que cada vez más el primer objetivo absorbe todos los recursos y energías, y oscurece a los otros dos. Lo formula mediante contraposiciones que, con el riesgo de adquirir un regusto maniqueo, delimitan con claridad la tensión: educación para la obtención de rentas o educación para la democracia y la ciudadanía (o sin ánimo de lucro); educación para promover la rentabilidad o para promover el civismo.

Estas contraposiciones, que por su tono falsamente antagónico lastran a...

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Acaban de aparecer publicados dos libros de trayectorias biográficas y de contenido muy distintos, pero con un mismo punto en común que queda reflejado en sus respectivos títulos. Nos referimos al libro de Joan Rigol Política. Les meves conviccions y al libro de Javier Solana, Reivindicación de la política.

El lector interesado hará su propia valoración, y no pretendemos aquí sustituirla. Pero quisiéramos resaltar algo que el libro de Rigol plantea ya en el título, y que en los tiempos que corren chirría porque casi parece una extravagancia: afirmar tener convicciones. Y lo mismo ocurre con el libro de Solana. "Yo creo en la política", dice nada más arrancar.

¿Convicciones? ¿En política? Vaya por delante que nuestra cultura política se suele manejar mal con el término. Hay quien confunde tener convicciones con ser tozudo e inflexible. Hay quien confunde las convicciones con la carta a los Reyes Magos o los buenos deseos de Año Nuevo. Hay quien las considera un bello envoltorio para cuando habla de Política pero algo inútil cuando habla de políticas. Y hay quien las asocia, como un acto reflejo, al sociólogo Max Weber, y larga una perorata sobre la ética de las convicciones y la ética de las responsabilidades que lo único que pone de manifiesto es que cita a Weber sin haberlo leído.

Lo que plantean Rigol y Solana es que hablar de convicciones es hablar inevitablemente en primera persona: "les meves conviccions" (Rigol), "yo creo en la política" (Solana). Y eso supone que solo la propia trayectoria personal marca la frontera entre la credibilidad y el ridículo, entre la autoridad moral y la absurda notoriedad televisiva. Ya nadie habla –ni pregunta- por las convicciones, y eso refleja de manera precisa a dónde hemos llegado. Pero hablar de convicciones no es hablar de principios generales, es dar razón de las decisiones que se toman y de...

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Estamos en tiempos difíciles. La incertidumbre engrandece los problemas con los que nos enfrentamos o empequeñece nuestro empuje para acometerlos.

Pero en estos tiempos difíciles es muy importante distinguir entre dos tipos de problemas: aquellos que requieren solución, y aquellos que requieren que nos solucionemos a nosotros mismos.

¿Cuáles son los problemas que requieren solución? Lo sabemos perfectamente, porque son el tipo de problemas en el que nos instalamos habitualmente. A lo peor la solución es muy difícil, y está lejos de nuestro alcance, de nuestras capacidades o de nuestros recursos. Pero, en cualquier caso, la solución se sitúa en el horizonte de lo que sabemos hacer (o deberíamos saber hacer, o podríamos saber hacer). Son problemas que requieren un mayor y mejor saber técnico u operativo. E incluso un mayor y mejor saber práctico.

Pero hay otro tipo de problemas. Aquellos problemas que lo que requieren es que nos solucionemos a nosotros mismos. Es decir, problemas que no se pueden afrontar simplemente mejorando e incrementando lo que ya sabemos hacer. Sino que lo que requieren es que nos solucionemos a nosotros mismos: que transformemos o cambiemos nuestros hábitos, nuestras pautas de conducta, nuestras maneras de pensar y de percibir… Son problemas que requieren una mayor y mejor conciencia. Que requieren transformar y reordenar nuestros sistemas de valores y nuestros criterios de referencia.

Obviamente, estos dos tipos de problemas no estan contrapuestos, no se separan tajantemente con un cuchillo. Pero, en el límite y en el fondo, conviene diferenciarlos claramente, porque confundirlos nos lleva ineludiblemente al bloqueo y al fracaso. Y, por consiguiente, saber discernir ante que tipo de problemas estamos es decisivo para tener éxito a la hora de enfrentarlos.

He dicho a menudo que no estamos en una época de cambios sino en un cambio de época. Y en un cambio de época sobreabundan los problemas del segundo tipo. Y, por supuesto, la inseguridad y la incertidumbre. La literatura apocalíptica de todos los tiempos está trufada de narraciones en las que se muestra como, en estos cambios de época, se multiplican las crisis y los hundimientos y las novedades repentinos… pero la manera de vivir los momentos más o menos apocalípticos también es distinto según la percepción, el análisis y el diagnóstico que hagamos. Para alguien instalado en el primer enfoque ante los problemas, estos momentos son angustiosos y caóticos. Para alguien con capacidad de percibir el segundo enfoque de los problemas, estos momentos son difíciles, pero ante todo una oportunidad de cambio y transformación.

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En Cataluña (y en España, y en muchos países) tenemos diversas cuestiones pendientes. Una de ellas, lo oímos constantemente, es un debate sobre los valores. Pero no lo tenemos pendiente simplemente porque nos hayamos retrasado. Lo tenemos pendiente porque nos encontramos en una encrucijada histórica que no encauzaremos bien si no llevamos a cabo también un trabajo consciente sobre los valores.

Pero cuidado. No mejoraremos nuestras vidas hablando sólo de valores, e incluso hay el peligro de empeorarlas. Los valores tienen que ir inseparablemente unidos a las prácticas. Hablar de valores sin hablar de prácticas (personales, políticas, empresariales, etc.) nos llevaría a engrosar la nómina de los charlatanes.

Tenemos que vincular los valores al sentimiento de pertenencia. Podremos avanzar como nación cuando creamos, compartamos y practiquemos juntos determinados valores. Sin un sistema de valores compartido no seremos un colectivo capaz de avanzar hacia un proyecto ni podremos aportar nada al mundo. Sólo a partir de aquí nos podremos abrir a los demás e integrar nuevos valores. Podemos querer ser mejores, e incluso podemos tener la ilusión de ser los mejores. Pero donde tenemos que poner de veras el acento es en aquello que lo hace posible. Lo que nos tiene que identificar y en lo que nos tenemos que reconocer es en unas prácticas, en unas maneras de hacer compartidas, en una autoexigencia colectiva que valga por sí misma y que no se defina en función de lo que hagan los demás. La identidad no se sitúa en lo que es exclusivamente nuestro, sino en la reafirmación de lo que tiene que ser irrenunciable para nosotros, en los valores de referencia y en las maneras de proceder.

La crisis nos puede servir de contraste para darnos cuenta de que nos toca vivir "tiempos duros", pero que seguimos con la inercia de actuar con "valores blandos" (como por ejemplo el valor de la inmediatez, la incapacidad de renunciar a nada o de diferir las recompensas, la aspiración al riesgo cero, la proyección de responsabilidades en los demás...). Nuestros abuelos se habían educado en los valores de la restricción. Nuestros hijos lo han estado haciendo en el valor de la compulsión y el deseo ilimitado. La crisis económica y financiera, sin embargo, pondrá a prueba de manera profunda este paradigma. Tenemos de nuevo la oportunidad de reinventar y repensar nuestras maneras de actuar.

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La RSE en contextos de conflicto y postconflicto: de la gestión del riesgo a la creación de valor, éste es el título del libro que acabamos de publicar con María Prandi. De hecho, la primera persona del plural es un eufemismo, porque María es el alma, la impulsora y la inspiradora del proyecto. Y, sin duda, la mejor experta que tenemos en España sobre estas cuestiones.

El libro cierra una trilogía que busca identificar, evaluar y promover el papel de la empresa respecto a los tres pilares fundacionales de Naciones Unidas: los derechos humanos, el desarrollo y la construcción de paz. En este sentido, publicamos en el año 2006 la Guía práctica de derechos humanos para empresas y, posteriormente, en el año 2009 una reflexión sobre el potencial de las empresas para luchar contra la pobreza a escala mundial a través del título ¿Pueden las empresas contribuir a los Objetivos de Desarrollo del Milenio? Claves para comprender y actuar. Ahora se ofrece, a través de este volumen un recorrido por las diferentes aproximaciones del sector privado a la construcción de paz en países en conflicto y postconflicto. Esta reflexión tiene directamente que ver con una cuestión tan relevante hoy en día como es la del papel de los actores no estatales en la gobernanza mundial. Si este papel es un riesgo o una oportunidad, y para quién, es algo sobre lo que pretende debatir esta publicación.

La primera idea que surge de esta reflexión conjunta es que los tres ámbitos -derechos humanos, desarrollo y paz- se hallan interconectados entre sí, especialmente, en los llamados entornos complejos. Y que, por consiguiente, esta conexión debe verse reflejada intrínsecamente en las políticas de RSE, pero no sólo en su contenido sino también en la manera cómo se construye. Efectivamente, en un país en reconstrucción post-bélica con una importante destrucción física pero también...

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[Este artículo se refiere a la campaña electoral en curso en Catalunya. Sin embargo -no sé si por suerte o por desgracia- lo que se plantea me temo que, más allá de temas coyunturales, es de aplicación en muchos otros países].

¿Cómo restaurar la grandeza de la política en Catalunya? Esta fue la pregunta que nos decidió a dirigir y editar hace poco una investigación que, con el título Política y valors, encargamos a nuestro colega Daniel Ortiz. Hoy, a las puertas de unas elecciones que todos coinciden en caracterizar como "una encrucijada histórica", el tema de los valores en la política vuelve a ponerse encima de la mesa.

Conviene, sin embargo, ser cautos. Como nos recuerda Daniel Innerarity, lo que va en contra de la política no es la inmoralidad sino la mala política. Y lo que necesitamos en Catalunya es mucha política y buena política. Política catalana y en clave catalana. Buena política hacia dentro y buena política hacia fuera. Y siempre se da una interpenetración entre buena política y buenos valores. No es el momento de los "discursos" sobre valores, de la retórica electoral descomprometida y hueca, sino de la acción creíble, de las buenas prácticas. No es, por tanto, el momento de hablar de los valores en la política, sino de explicar y practicar la política de los valores, de comprometerse con un tipo de acciones que, por su intencionalidad, direccionalidad y criterio, todo el mundo comprenderá que están inspiradas en valores.

La buena política, la política de los valores en Catalunya, debe ir asociada con acabar con el tacticismo, con poner fin a la manipulación, al inmediatismo y la improvisación, con enterrar la astucia del oportunista. La buena política tendrá que ver con la calidad humana de los candidatos, con el compromiso firme de los partidos en encarar reformas (en su funcionamiento interno; en su sistema de financiación;...

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Si hay una palabra recurrente en los debates de los últimos tiempos, esta palabra es liderazgo: su necesidad, su déficit, sus requerimientos. A veces se plantea como si fuera la nueva poción mágica. Es uno de los (supuestos) diagnósticos más frecuentes: aquí falta liderazgo. Sustitúyase aquí por país, gobierno, mundo, empresa, asociación, equipo... lo que haga falta.

Y hay que empezar a considerar si es posible pensar los liderazgos sin pensar sus finalidades. Porque a menudo parece que pensar el liderazgo es pensar una función sin finalidades (o al margen e independiente de ellas). Estamos tan excesivamente obsesionados por la confusión práctica entre líder y liderazgo, que nos limitamos a reducirlo todo -de hecho- a la pregunta por el líder, hasta el punto que a menudo descuidamos la cuestión sobre la visión global del liderazgo. Si reducimos la pregunta por el liderazgo a la pregunta por el líder, caeremos inevitablemente en lo que con Àngel Castiñeira hemos denominado la paradoja Hitler-Gandhi, que es la perplejidad que produce constatar que muchas -¡pero muchas!- de las definiciones o conceptualizaciones que se hacen sobre el liderazgo encajan perfectamente de manera indistinta en estas dos personalidades. Y, claro está, si las podemos aplicar a dos personalidades que representan perfiles y trayectorias tan diversas (o incluso opuestas), entonces la pregunta es: ¿qué se nos escapa o qué hace falta en el debate y a la reflexión sobre los liderazgos, dado que da como resultado precisamente esta posibilidad? El sentido común nos diría que tenemos que añadir algo más a nuestra reflexión cuando tantas descripciones, teorizaciones o planteamientos sobre los liderazgos permiten perfectamente poner bajo la misma definición personajes tan dispares y maneras de proceder tan diferentes. Lo que me parece que no tenemos que hacer es tratar de mejorar las definiciones:...

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La última pedrada verbal que nos dejó el inefable Ibra antes de trasladar sus tatuajes a Italia fue la de calificar reiteradamente a Guardiola de filósofo. No cabe duda que dicha calificación, en boca de alguien que piensa con los pies, pretende ser peyorativa: se supone que el así calificado exhibe una bella palabrería que embauca a los oyentes y les aparta de atender a lo concreto y de agarrar al toro por los cuernos. Pero en su despedida nos dejó un interrogante digno de ser considerado. ¿Ser un filósofo es un descrédito para alguien que asume responsabilidades directivas, debe acompañar y liderar a un equipo en el camino a la excelencia, y debe ser evaluado por los resultados tangibles que consigue?

Nada más lejos de nuestra intención, por cierto, que contribuir al botafumeiro que los más diversos expertos en liderazgo mueven últimamente a mayor honor y gloria del entrenador culé. Diríase que los ha abducido hasta el punto que hoy no hay debate o texto sobre el liderazgo que se precie que no lo cite inmediatamente como ejemplo… a menudo con la incapacidad de añadir cualquier otro a continuación. La fascinación que el mundo del deporte –y algunos deportistas- despiertan últimamente en la variopinta nómina de expertos en liderazgo y coaching retrata con más precisión a nuestra sociedad y a dichos expertos que a los propios deportistas.

Volvamos, pues, al uso peyorativo de filósofo para calificar a un directivo. Refleja probablemente la herencia de una mentalidad para la cual los resultados, la eficacia, el activismo y los mensajes simples y directos son sinónimo de buena gestión. Para esta mentalidad, ser un filósofo es una pérdida de tiempo que aparta de la inmediatez de la acción, retarda y complica la toma de decisiones, y conduce a perderse entre las brumas de la abstracción y el enredo. Pero no cabe suponer, al menos por nuestra parte, que a dicha mentalidad se le contraponga el deseo de retornar a la platónica idea del rey-filósofo. Porque existe también una mentalidad para la cual la loable defensa de la filosofía consiste en afirmar y proponer ideas y valores al margen de cualquier contexto, convertirse en depositario exclusivo del esplendor de la Verdad, y tener que soportar a la realidad como una especie de limitación inevitable que constriñe y dificulta la aplicación de las ideas que serían impecables sino fuera por los lamentables sinsabores que siempre conlleva pretender llevarlas a la práctica.

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[Nota previa para los lectores que no sigan la política catalana y/o española: hace pocos meses el Parlament de Catalunya votó –y aprobó- una ley por la que se prohiben las corridas de toros en Catalunya a partir de 2012. Para esta votación, algunos partidos dieron "libertad de voto" a sus parlamentarios]

Si fuéramos diputados en el Parlamento hay algo que nos hubiera dejado mal sabor de boca después de la famosa votación sobre la prohibición de las carreras de toros. Y ese algo no es ni el resultado final, ni la resonancia obtenida, ni el uso mediático que algunos hicieron de ella. Lo que resulta preocupante es el tipo de razones que se ventilaron con el fin de justificar el procedimiento de la votación.

En primer lugar, esta reveladora expresión que nos habla de la "libertad de voto". Libertad graciosamente y excepcionalmente concedida por quien tiene el poder de hacerlo. Es lamentable constatar explícitamente y sin ambages que la situación parlamentaria habitual es no tener libertad, esperamos que sólo sea de voto. De hecho, hace pocas semanas, cuando se produjo en Madrid una situación como ésta pero en sentido contrario (un diputado del PSOE votó diferente, y por lo tanto libremente, de la mayoría de su grupo parlamentario cuando no se le había concedido el permiso de hacerlo), el jefe de filas de su grupo parlamentario comentó, al sancionarlo, que la opinión era libre, pero la lealtad era obligada. Desdichadamente, no aclaró qué tipo de lealtad y hacia quién. Queda claro, pues, que los electores de un diputado no son las personas que lo votan, sino el secretario general del partido, el de organización y las eufemistamente denominadas "comisiones de listas", que son los que deciden el orden en las listas. Lealtad... y obediencia debida a quien decide cuándo puedes hacer uso de tu libertad. No estamos propugnando un funcionamiento caótico e imprevisible...

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