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Josep M. Lozano

josepm.lozano@esade.edu
Tel: +34 932 806 162
Ext. 2270

Fax: +34 932 048 105
Av.Pedralbes, 60-62
E-08034 Barcelona


Twitter - Josep M. Lozano

 

Persona, Empresa y Sociedad
El blog de Josep M. Lozano  
   
Author: Josep M. Lozano Created: 16/10/2008 11:45
Persona, Empresa y Sociedad - el blog de Josep Maria Lozano

A raíz de una entrada reciente he recibido algunos comentarios en referencia al papel de las metáforas en las organizaciones. Efectivamente: que éstas (las metáforas) sean relevantes no significa que habitualmente se les preste mucha atención. Morgan lo hizo en Imágenes de la organización. Pero lo habitual és que –aparentemente- se prefiera trabajar sobre ideas y conceptos, y poco sobre metáforas. Metáforas mediante las que describimos, valoramos, justificamos, tomamos decisiones. Cualquiera de nosotros, por su cuenta, puede hacer su propio listado: la mano invisible, el ADN de las empresas, las redes sociales, las taifas y/o las tribus de la organización, los trenes que se escapan, el barco en el que estamos todos, etc.; y, si se trata de personas: tiburones, escaladores, caciques, pilotos, etc. En determinados momentos, me parece que en algunas organizaciones sería mucho mejor que se exploraran las metáforas e imágenes dominantes en las que están instaladas antes de discutir sobre conceptos, ideas o planes. Entre otras cosas porque las metáforas y las imágenes expresan muy a menudo creencias fundamentales. Creencias que son las que configuran, orientan y justifican prácticas cotidianas.

Por eso siempre he creído que el auténtico reto en la ética empresarial no es la gestión por (con, desde, y todas las preposiciones que se quieran) valores, sino la elaboración compartida de creencias. Entre otras cosas porque muy a menudo la fecundidad de una creencia asumida es infinitamente superior a la frigidez de los valores formulados y repetidos (y repartidos). Y, probablemente, si no llegamos a elaborar las creencias tendrá un impacto muy relativo trabajar con valores, políticas o prácticas, por importante que esto sea (que lo es)... aunque es verdad que trabajar sobre metáforas, explorarlas y elaborarlas requiere más tiempo que redactar una declaración de valores...

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Una periodista me plantea una cuestión muy interesante: las frases hechas –literalmente: los tópicos- en RSE. ¿Quién no ha oído una y mil veces expresiones como las que me propone como ejemplos: "la RSE está en el ADN de la compañía"; "la RSE no es una moda: ha venido para quedarse"; "la empresa debe devolver a la sociedad parte de lo que obtiene de ella". Son tres ejemplos excelentes, paradigmáticos. Porque reflejan perfectamente tres gamas del lenguaje de la RSE. Las tres frases hechas son una muestra preeminente del lenguaje convencional de la RSE. Y son excelentes porque reflejan tres registros diferentes de dicho lenguaje, que conviene distinguir, y comentar por separado: metáforas (ADN); supuestas descripciones (si la RSE se queda o no); proposiciones normativas (la empresa debe…). Vamos a por ellas.

En primer lugar, metáforas. Confieso que la del ADN es una de mis preferidas. Me encanta el énfasis engolado con el que suele pronunciarse. De la misma manera que las estaciones de esquí disponen de cañones de nieve, las declaraciones corporativas disponen de cañones de humo, que usan con profusión. A veces incluso superan a Ferran Adriá, y consiguen que el humo se condense y quede impreso sobre papel. Sin embargo, vayamos con cuidado. La metáforas son inevitables. Los humanos pensamos y nos movemos gracias a las metáforas y a través de las metáforas. En economía se empezó con la mano invisible y ya no se ha parado. Muy a menudo las metáforas son más potentes que las ideas. La pregunta es qué expresan las metáforas, y con qué práctica se corresponden. La del ADN, por ejemplo, es una manera enfática de querer decir que algo está muy arraigado en la empresa (es un caso más de la tendencia a la desmesura en el lenguaje empresarial, como ocurre, por ejemplo, cuando no nos parece suficiente decir que algo es muy importante, y decimos que es estratégico). Pero deberíamos...

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¿Cuánta gente pasada la cincuentena desearía hoy, si fuera posible, la jubilación anticipada? ¿Cuánta gente vive con la inquietud de pensar "así no quiero seguir trabajando, pero ahora no puedo cambiar"? ¿Cuánta gente se pregunta si valen la pena todos los esfuerzos que está haciendo y que nadie le valora ni agradece, sueldo aparte? Cada vez más, cuando la gente reflexiona sobre su situación y sus retos profesionales, emergen cuestiones de carácter eminentemente personal. Se puede pensar que este tipo de cuestiones son privadas, y que no deben afectar a la vida pública y profesional, que no tienen nada que ver con el desarrollo de las organizaciones. Si no confundimos "privadas" con "personales", nosotros pensamos exactamente lo contrario. Son cuestiones personales, pero en absoluto irrelevantes para las organizaciones, la sociedad y el mundo.

Nuestra intuición es que en las profundidades de nuestra vida organizativa y social está fraguando la ebullición de una energía que aún no sabemos cómo emergerá ni cómo se canalizará, y a la que aún no prestamos atención porque no ha salido claramente a la superficie. Pero lo hará. En las entrañas de las empresas y las organizaciones hay un rumor sordo: cada vez hay más personas que no están dispuestas a aceptar que su desarrollo profesional comporte renunciar a vivir con una mínima sintonía con lo que considera realmente importante y valioso. El hecho de que a menudo se tenga que adaptar para sobrevivir, sumado a que de estas cosas todavía no sabemos muy bien cómo hablar, hace que le demos menos importancia de la que tiene. Pero lo vislumbramos, por ejemplo, en tantos profesionales que en un momento determinado de su vida dan un giro inesperado a su carrera. De manera tal vez lenta, pero ciertamente imparable, aumenta el número de personas que consideran que su vida no debe estar condenada a la esquizofrenia de creer que...

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Una vez organicé un seminario que sólo tenía una norma: estaba prohibido usar la palabra globalización. ¿Por qué? Pues porque vale la pena preguntarse, siempre que alguien la usa, si está diciendo algo inteligible. La palabra globalización, cuando escribo estas líneas, reporta en Google 1.380.000 resultados en catalán, 18.200.000 en castellano, y 41.100.000 en inglés. 17.318 resultados en Amazon. 26.842 en la Web of Knowledge. Y así podríamos seguir. ¿Estamos seguros de que sabemos de qué hablamos, cuando hablamos de globalización? Y, sobre todo, ¿estamos seguros de que todos hablamos de lo mismo? Todos -quien habla y su audiencia- se quedan muy tranquilos cuando alguien atribuye cualquier cosa a la globalización, aunque nadie se pregunta si, al pronunciar la palabra y al escucharla, todo el mundo está pensando en lo mismo. Globalización puede ser un buen ejemplo de lo que Weick presentó como un significado puro, sin sujeto. ¿Dicen y aclaran algo todas las frases que nos insisten en que la globalización hace o deja de hacer tal cosa? ¿Y cuando se trata de explicaciones? ¿Ganamos en conocimiento cuando decimos que este evento o aquel proceso los ha causado la globalización? Y no digamos cuando se habla de culpas y responsabilidades. Todo el mundo se queda descansado cuando dice que tal cosa es culpa de la globalización. Listos, y a otra cosa mariposa: ya podemos irnos de tapas, a componer la pancarta o a redactar el panfleto, según gustos y preferencias. Ahora bien, ni Maigret, ni Hercules Poirot, ni toda la novela negra en peso podrían resolver este enigma de una culpabilidad sin culpable.

No estoy defendiendo la supresión de la palabra, claro está. Simplemente -como en aquel seminario- pongo en consideración la necesidad de verificar de alguna manera si, además de proferir sonidos, al vocalizar la palabreja se está diciendo algo. Sartre nos avisó de que el infierno...

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Como cada mes de agosto, este blog cierra el chiringuito. No son tiempos fáciles: el presente rebosa de inquietudes y, en algunos casos, de sufrimiento. Y el futuro inmediato se vislumbra lleno de interrogantes. Ya nos avisó Shakespeare: "es la calamidad de los tiempos, que los locos guían a los ciegos". Probablemente, a todos se nos exigirá -estemos donde estemos- vivir a la altura de los tiempos a venir y de sus retos, y vindicar con dignidad una mínima calidad humana. Este ámbito de relativo sosiego que es, en mis latitudes, el mes de agosto puede ser una buena oportunidad para conectar a fondo con todo lo que puede sostener nuestra perseverancia y nuestro compromiso. Aquí nos reencontraremos. Gracias a todas las personas que se han acercado a este rincón virtual en algún momento, y especialmente a las 684 que están suscritas a este blog por diversos canales; y también a las diversas webs que, a su vez, lo reproducen.

Para despedirme, os dejo, por una vez y sin que sirva de precedente, con las palabras de Aristóteles, infinitamente por encima de cualquier cosa que pudiera decir yo. Buen verano, y hasta septiembre.

Debemos, en la medida de lo posible, inmortalizarnos y hacer todo esfuerzo para vivir de acuerdo con lo más excelente que hay en nosotros; pues, aun cuando esta parte sea pequeña en volumen, sobrepasa a todas las otras en poder y dignidad.

Quisiéramos sugerir tres aproximaciones diferentes y complementarias a la manera de entender el liderazgo y su aprendizaje. La primera y más académica es la que se hace desde la teoría, la segunda se hace desde la acción, y la tercera se hace desde la persona. Podemos hablar de un proceso descriptivo-cognitivo, que explica en qué consiste el liderazgo, qué teorías hay y qué aportan al tema las diversas disciplinas que lo estudian. Hay también un proceso generativo, donde planificamos y ejecutamos ejercicios y situaciones desafiantes de liderazgo y miramos qué hacemos y cómo lo hacemos cuando lideramos. Y, por último, hay un proceso reflexivo dirigido a la persona, que nos interpela sobre por qué lo hacemos y qué sentido damos a nuestras actuaciones. Desde el primero se observa y estudia la realidad del liderazgo. Desde el segundo se actúa sobre la realidad y se aprende desde la práctica. Desde el tercero se contempla la acción, el yo y la realidad, se elaboran los propósitos que nos guían, los valores que nos orientan y nuestras fuentes de energía vital.

Con la primera aproximación (la del conocimiento) trabajamos ideas, conceptos, observaciones, interpretaciones y teorías sobre el liderazgo. Con la segunda (la de la acción), aprendemos métodos y técnicas desde la experimentación y la actuación en incidentes críticos, en desafíos y retos organizativos y en el trabajo con equipos que ponen en juego aspectos del liderazgo. Por último, desde la tercera (la de la persona), intentamos profundizar en el crecimiento como personas, en calidad humana, trabajando nuestros propósitos y los sentidos últimos que guiarán nuestras acciones. Desde el supuesto de que el talento personal también redundará en la mejora de nuestro talento profesional.

A veces se han utilizado varias metáforas para referirse a estas tres vías de aprendizaje y desarrollo. Al conocer se le ha...

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A veces me pregunto si lo que explica la inquietud y la desazón en la que vivimos, sobre todo en lo que se refiere a proyectar el futuro, no es otra cosa que la muestra de nuestra enorme, infinita, inagotable capacidad de olvido. Lo pensaba cuando retomaba lo que la UNESCO denominaba los cuatro pilares de la educación en su informe Learning: The Treasure Within, y que no son otros que aprender a conocer, a hacer, a convivir y a ser. ¿Quién se acuerda hoy de este marco de referencia?

Como propuesta y proyecto educativos no están mal, ciertamente. Y hoy que todos hablamos y repetimos que el aprendizaje no se reduce a la escolarización, que es tan importante desarrollar la capacidad de convertir cualquier situación en una oportunidad de aprendizaje y, sobre todo, que aprender es el gran reto de nuestras sociedades y organizaciones, nos queda siempre la pregunta pendiente: ¿aprender qué? No estaría mal que siempre que escucháramos la gran apología del aprender (o del learning, que queda más fino) preguntáramos a dichos apologetas: aprender, sí, pero ¿qué?

A conocer, hacer, convivir, ser. Quizás no suene a muy original. Pero, como en tantas cosas de la vida, aquí lo que está en juego no es la originalidad, sino la verdad. Y si todos vamos repitiendo, con mayor o menor convicción, que uno de nuestros retos principales es aprender a aprender (y a desaprender), también es bueno que alguna vez nos preguntemos qué.

Incluso podría ser que estuviéramos de acuerdo con la importancia que hay que otorgar a los cuatro pilares. Pero me temo que será un acuerdo ficticio, porque solemos leer este tipo de propuestas bajo la lógica del especialista. Los cuatro pilares son muy importantes, lo son tanto… que lo mejor es que las instituciones y los diversos ámbitos de aprendizaje se especialicen en cada uno de ellos. Y así tenemos intensificaciones en el conocer, en el hacer, quizás en el convivir… y empiezo a dudar que en el ser.

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El debate sobre la situación que vivimos requerirá que abordemos públicamente varios debates, sin miedo. Entre ellos serán especialmente relevantes los que den respuesta a la necesidad de revisar algunas de nuestras asunciones, especialmente aquellas que no consideramos como tales asunciones, sino verdades o realidades evidentes por sí mismas.

Marjorie Kelly ha mostrado como se puede avanzar en este proceso en su libro The Divine Right of Capital. Kelly fue una de las impulsoras, desde sus orígenes, del movimiento de la RSE. Ahora, como tantos otros que emprendieron este camino, ha constatado sus límites, límites al menos en los términos dominantes en los que está planteado. Lo dice claramente: Fourteen years ago, I cofounded the publication Business Ethics to support this rise in corporate social responsibility, believing that voluntary change by progressive businesspeople would transform capitalism. I no longer believe that. Cada vez me encuentro con más gente que suscribiría esta afirmación, simplemente sustituyendo la fundación de esta publicación por parte de Kelly por su correspondiente propia iniciativa.

No hace mucho planteé aquí mismo que convendría tener clara la diferencia (tanto conceptual como práctica) entre las empresas que, decía yo, se definen por el principio de qué puedo sacar, y las que se definen por el principio qué contribución hago. Con RSE o sin ella, estas dos clases de empresa responden a lógicas muy diferentes, y empieza a ser hora de no hablar de metodologías y políticas de RSE en general, como si esta diferencia no existiera y fuera indiferente aplicarlas a unas u otras. Pero en su propio lenguaje, Kelly afirma lo mismo es más crudamente. Habla de las empresas que son extractivas y las que no. Pero no se refiere a las mineras o las petroleras. Habla de las empresas extractivas de capital. De las que, con el discurso...

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Por una serie de circunstancias que no vienen al caso, he tenido ocasión las últimas semanas de hablar muy a fondo con profesores y responsables de perfiles muy diferentes de diversas escuelas de negocios norteamericanas. Me bailan por la cabeza muy diversas sensaciones e ideas, algunas de ellas, como no podía ser de otra manera, contradictorias entre sí. ¿Como resumirlo? O mucho me equivoco, o vienen cambios, y además hay ganas de cambios. Ahora bien, ¿cómo serán estos cambios? Nadie se ve capaz de anticiparlo. Y no he visto ninguno que esté fraguando, más bien he constatado algunas cuestiones que seguro que formarán parte de los cambios, cuando se produzcan. Y atención, siempre tenemos la inercia de leer la palabra "cambio" en positivo, a favor de lo que nosotros nos gustaría, según las propias opciones o gustos. Que vienen cambios no excluye que vayan en direcciones más que sospechosas o discutibles. Pero, en cualquier caso, estos cambios, que pondrán en juego muchas variables, creo que tendrán que afrontar algunos de los temas que quiero apuntar. Y todos ellos giran en torno a la pregunta que me hago en el encabezamiento de esta entrada: la business education los últimos años no ha caído en la trampa de ser más business que education?

Lo planteo como una dicotomía, y ya se sabe que las dicotomías tienen la ventaja de ser claras y el inconveniente de ser simplificadoras. Por un lado, está la agenda de los que mandan y tienen responsabilidades en las escuelas de negocios, que están muy tensionados y agobiados (¡mucho!) por las presiones del mercado, las reglas del juego de la industria y el acoso de la competencia. Poca broma con todo esto: hay un entorno extremadamente competitivo que, como mínimo, pide que no se hagan planteamientos...

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Sabemos muy bien que la inversión socialmente responsable (ISR) no acaba de salir adelante en España, a diferencia de otros países. En el Instituto de Innovación Social lo hemos documentadoaño tras año. En otros países las cosas han ido mejor y, al menos, han configurado un cierto espacio propio. También en la opinión pública: hemos visto reiteradamente como las juntas de accionistas se han planteado cuestiones de gestión social y ambiental, y que ha habido fondos (especialmente institucionales) que han desinvertido en empresas, e incluso en países, debido a prácticas que desde estos fondos se consideraban inaceptables.

Lo que sí se ha consolidado es la percepción de que la ISR ofrece una rentabilidad que resiste perfectamente -y con buena nota- la comparación con la inversión que no tiene en cuenta criterios sociales y de sostenibilidad. Al respecto ha sido necesario insistir especialmente en España porque el lamentable (y comparativamente excepcional) invento de los fondos solidarios contribuyó desde el origen a la percepción de que la ISR ofrecía menos rendabilidad, precisamente, debido a las contribuciones sociales que hacía. Aunque se explicara por activa y por pasiva que los fondos solidarios no lo eran a causa de esta contribución, porque no se hacía en detrimento de la rentabilidad sino que solía salir de las comisiones de gestión, esto no resultaba obvio y requería demasiadas explicaciones. Desde el primer momento he considerado que la existencia de fondos solidarios no aportaba nada a la ISR (y no sé si aporta tanto a las ONG beneficiarias), aparte de confusión en el mensaje. Pero en fin, al respecto hay mucho que decir, las opiniones son diversas, y no encuentro argumentos concluyentes para ninguna de ellas, incluidas las mías.

Pero sí, en cambio, me parece que un conjunto de circunstancias ha llevado a la ISR en una dirección que, en mi...

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