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Josep M. Lozano

josepm.lozano@esade.edu
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E-08034 Barcelona


Twitter - Josep M. Lozano

 

Persona, Empresa y Sociedad
El blog de Josep M. Lozano  
   
Author: Josep M. Lozano Created: 16/10/2008 11:45
Persona, Empresa y Sociedad - el blog de Josep Maria Lozano

La capacidad de amar o de emocionarnos no la perdemos con la edad, tampoco en la política. Pero hay personas con pedigrí progre que reprueban en público la dimensión emocional de las posiciones políticas que no comparten. Hay progres exquisitos que reprueban el nacionalismo por emocional y olvidan su historia emocional, que les ha hecho vibrar desde "por el cambio" hasta el no a la guerra pasando por el patriotismo sandinista.

Tomemos esta frase de un líder político contemporáneo: "Sólo puede ser presidente alguien que desea, ama y quiere". O esta otra: "Nuestra doctrina es, sobre todo, un sentimiento, y no es y no debe ser una construcción ideológica. Para liderar el cambio es imprescindible hacerse cargo del estado de ánimo de los demás". La primera corresponde a François Miterrand, la segunda es de Felipe González refiriéndose al socialismo.

Hay cuatro consideraciones diferentes que podríamos hacer sobre esta reacción progre. Podría resumirse de la siguiente manera: 1. Algunos olvidan o justifican su propia historia emocional y sólo identifican valores, sentimientos y emociones como elementos conservadores. 2. A medida que se han dedicado a la maquinaria de gobierno y han gestionado prescindiendo de las emociones como una dimensión de hacer política, de la conexión con la gente y como vehículo de auscultación de la ciudadanía. 3. Obsesionados en tener la razón (el futuro es nuestro) y al no tenerla que renovar por la superioridad de sus argumentos y propuestas, han visto con perplejidad cómo han perdido la adhesión emocional incluso de los suyos. 4. Consideran que hay unas causas sociales –las suyas- que deberían generar emoción o indignación, pero no entienden y no aceptan que los ciudadanos...

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Al día siguiente del accidente nuclear de Fukushima, 28.000 ciudadanos abandonaron de forma serena y ordenada su casa dando un ejemplo de coraje ante la adversidad, que fue respondido por la sociedad japonesa con un alto nivel de conciencia cívica y abnegación. El 3 de diciembre pasado una ola de robos en supermercados y comercios afectó a la ciudad argentina de Córdoba coincidiendo con una huelga de policías. Por las mismas fechas, la capital de Ucrania comenzó unas importantes movilizaciones contra su gobierno que se están saldando con fuertes enfrentamientos con la policía, manifestantes heridos y el asalto o bloqueo de edificios oficiales. Y desde este mes de enero, el descontento entre los vecinos del barrio de Gamonal en Burgos por el proyecto del Ayuntamiento para transformar en bulevar una de las arterias principales de la ciudad, derivó en indignación, luego en protestas y finalmente en disturbios violentos.

Estos eventos son de naturaleza y origen muy diferente pero muestran que es en los incidentes críticos donde se pone mejor de manifiesto la naturaleza cívica de un colectivo. Durante este año, la ciudadanía catalana (y española) estará expuesta a momentos de especial trascendencia política que pueden ser motivo de posible discusión y tensión. Vale la pena recordar, con permiso del ministro Fernández Díaz, que hasta el momento Catalunya no ha vivido ningún episodio relevante de rotura ("una fractura sin precedentes que contamina la convivencia") por esta causa, sino que, salvo alguna gamberrada, los parámetros de actuación de la gente han sido más que civilizados. Parece como si lo que hace treinta años era el discurso hegemónico neomarxista de la Escuela de Frankfurt -la teoría del consenso (y algunos añadirían de la lentitud) como fundamento moral de la democracia- ahora se haya convertido en el gran dogma de fe de los conservadores por una y otra...

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Alguna vez me he imaginado iniciando un debate en alguna de mis sesiones proponiendo a quienes estuviéramos allí intentando (des)aprender algo completar –sin pensarlo mucho, a bote pronto- la frase "vivir bien y obrar bien es…". La verdad es que me lo he imaginado, pero todavía no lo he hecho, aunque creo que podría dar bastante de sí un diálogo a partir del conjunto de respuestas que pudiéramos recoger. Pero no lo he hecho (esto y otras cosas que me han pasado por la cabeza) entre otras razones porque cada vez más pienso que es una equivocación pedirle a la gente sus respuestas sin haberles invitado antes a indagar cuáles son sus propias preguntas. Una de las cosas que más me incomodan de la manera establecida de entender la educación es lo que transmiten los exámenes: que acreditar que uno ha aprendido algo se reduce a contestar preguntas que otro hace. Que de lo que se trata es de tener respuestas, y no de hacer preguntas. Cuando cada vez estoy más convencido de que el auténtico reto de la educación es aprender a hacer(se) buenas preguntas.

Con lo cual también nos perdemos dialogar sobre la manera como completó Aristóteles la frasecita de marras: "vivir bien y obrar bien es lo mismo que ser feliz". ¡Toma ya!: es lo mismo, dice Aristóteles. No dice que lo acompaña un sentimiento de felicidad; o que obrar bien es un deber que puede conllevar la felicidad o no; o que la felicidad es la consecuencia o el resultado de… no: dice que es lo mismo. Claro que hoy más de uno también podría contestarme que maldita la falta que nos hace Aristóteles para completar esta frase: ¿no habíamos quedado en que las preguntas personales requieren una respuesta personal? Pues que cada uno diga lo que le parezca y aquí paz y después gloria. Y aquí es donde quería ir a parar, tras este inicio un tanto tortuoso.

Porque a menudo tengo la sensación de que, como nos pasamos el día...

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Bueno, menos lobos. Ya se sabe que eso de “estado de la cuestión” uno lo pone cuando quiere hacer balance y se pone estupendo, pero éste no es más que el balance provisional que he hecho para mí mismo, y que quiero compartir. Porque el título “espiritualidad y empresa” ha adquirido carta de naturaleza y ya se ha incorporado a la retórica sobre el management. No hay que descartar que, al menos en parte, sea la enésima moda que se pone en circulación, especialmente en un sector en el que hay que ir renovando la oferta para no quedar fuera de mercado. Tampoco hay que descartar que sea la última manifestación de la tensión no resuelta –y quizás insoluble- entre la empresa y lo axiológico. A veces parece que la empresa y la gestión se manejan mal con las conjunciones copulativas, y siempre están dale que te pego con la y: ética y empresa, empresa y valores, empresa y responsabilidad, empresa y sociedad, empresa y humanismo, management y humanidades… y ahora management y espiritualidad. A lo mejor el problema no está en los sustantivos como tales, sino en los supuestos desde los que se plantean tanto la gestión como lo axiológico, que condenan irremisiblemente a lo que denomino “el síndrome de la y”, del que hablaré otro día. Dicho síndrome, por cierto, requiere siempre de alguna coletilla del tipo: “xxx y zzz: ¿una contradicción?” De hecho, para una de las últimas intervenciones que me han propuesto me pidieron como título “Espiritualidad y empresa: ¿una contradicción?”, lo que me hizo recordar que uno de mis primeros escritos (¡de 1992!) trataba de… ética y empresa, ¿una contradicción? Tendré que volver a Nietzsche y su eterno retorno.

Y, sin embargo… Sin embargo, más allá de modas y oportunismos, hay algo de sustantivo en dicha propuesta que no deja de suscitar...

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J. G. March, en su reflexión sobre las organizaciones y sus dinamismos, distingue entre exploración y explotación, y sostiene que un requisito fundamental para su adaptación inteligente es mantener el equilibrio entre la explotación de lo que ya se conoce y la exploración de lo que se puede llegar a conocer. Sabiendo –añadimos nosotros- que "conocer" aquí no se reduce a lo cognitivo o meramente intelectual, sino que incluye la acción: es conocer para hacer, en el hacer y desde el hacer. Más aún: March considera que las organizaciones consolidadas tienden a especializarse en la explotación, buscando la eficiencia en aquello que ya conocen, con el riesgo de caer poco a poco en la obsolescencia. Y a corto plazo ven en la exploración riesgos, entre los que destaca la dificultad de discernir entre las ideas innovadoras buenas y malas. Mientras que, por su parte, el enfoque explorador inicialmente pone el acento en la construcción de la propia identidad y la coherencia con su idea, más que en las consecuencias de su acción. Llámesele al ser explorador "ser" revolucionario, emprendedor, creativo o lo que sea.

No sabemos si March aceptaría que la tensión explotación-exploración puede aplicarse, análogamente, a los países. En cualquier caso, parece que tanto las organizaciones como los países viven épocas en las que predominan uno u otro de estos dos talantes. La pregunta que vale la pena plantearse, es si se mantiene o no el equilibrio entre ambos, equilibrio que el propio March considera fundamental para una adaptación inteligente. Porque el reto es realizar una adaptación inteligente, especialmente en momentos como los actuales donde, más allá de una época de cambios, estamos viviendo en un cambio de época.

Y precisamente porque compartimos el criterio de March consideramos que conviene revisar lo que habitualmente entendemos por exploración. Nuestra cultura asocia exploración a ir más allá; a nueva frontera; a no considerar los límites como clausura; a nuevo, más y mejor. Probablemente, el mito subyacente en nuestra comprensión de la exploración es el arquetipo moderno del conquistador, aderezado con un discurso a la moda sobre la innovación y su valor fundante y fundamental.

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En estos momentos en Catalunya coexisten tres independentismos: un independentismo por convicción, otro por exclusión y un tercero que denominamos independentismo táctico. Los tres utilizan la misma palabra pero son diferentes en sus planteamientos, en sus asunciones y también podrían serlo en sus decisiones finales en caso de celebración de una consulta.

 

El independentismo por convicción es una corriente política que agrupa a  ciudadanos cuyo principio ideológico es creer que convertirse Estado aportaría a Catalunya las mejores ventajas y es una exigencia para el logro de su plenitud (política, económica, cultural, etc.). Ser Estado sería la única manera de concebir políticamente a Catalunya, y las otras opciones serían minusvalías, traiciones o regresiones. La vigencia de este movimiento adquiere un cierto calibre en Catalunya a principios de la década de los 90 y, progresivamente, se ha ido haciendo extensivo socialmente más allá de las fuerzas políticas que se definen como independentistas.

 

El independentismo por exclusión y el independentismo táctico son mucho más recientes ya que emergen en la última década como consecuencia de la deriva del modelo autonómico español y de la intransigencia de los gobiernos españoles y de otras instituciones del Estado para atender las nuevas reclamaciones de los catalanes.

 

El independentismo por exclusión es más pragmático y menos ideológico. De la misma manera que Cánovas del Castillo afirmaba que "es español el que no puede ser otra cosa", el independentista por exclusión lo es porque ya no le parecen creíbles, ya no considera viables otras opciones o, simplemente, porque cree que ya no le han dejado otra opción. El autonomismo lo considera superado por la realidad y el federalismo lo considera superado por la ficción. Por tanto, el independentismo no era "su" opción preferente...

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Durante el cambio de año, aparte de soportar el gripazo que suelo pillar cuando bajo las defensas con ocasión de las fiestas, a veces me gusta simplemente mirar la biblioteca y jugar a ver que lomo de los libros que dormitan allí desde hace años me atraen lo suficientemente como para ojearlos otra vez y entretenerme con notas y comentarios ya envejecidos (los de lectura reciente no juegan). Entre otras cosas para ver cuales resisten mejor el paso del tiempo.

Este año he recuperado un informe de la UNESCO -de 1996- lamentablemente olvidado. En este informe (Learning: The Treasure Within) la UNESCO planTeaba lo que denominaba los cuatro pilares de la educación. Como en tantos momentos de la vida, lo que está en juego no es la originalidad, sino la verdad. Y por eso, porque determinadas verdades esenciales no caducan, se me ocurrió que por asociación –o por alucinación- lo que la UNESCO refería a la educación podria darnos claves de lectura para nuestra aproximación a la RSE.  

Siempre he sido de la opinión de que hay dos cosas que no dejamos de hacer mientras estemos vivos: respirar y aprender. Cuando yo no respiramos o no aprendemos, hemos muerto. Respirar y aprender son como bases antropológicas desde las que construimos formas y modelos de vida. Por eso, quizás, prácticas vinculadas a la respiración juegan un papel fundamental en las maneras de meditar de las más diversas tradiciones religiosas. Y, por otra parte, a lo mejor resulta que aprender y vivir son sinónimos. Bueno, si hacemos caso de la UNESCO. Porque dicho informe sostenía que los cuatro pilares de la educación son: aprender a conocer, aprender a hacer, aprender a convivir, y aprender a ser. Digo que vivir y aprender son sinónimos porque difícilmente podremos resumir mejor los parámetros de una vida plena: conocer, hacer, convivir y ser. Porque vivir una vida humanamente digna es conocer, hacer,...

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Así resume Taylor el legado de este pintor que en su tiempo rozó el fracaso y tuvo un reconocimiento más que relativo, y que hoy, apenas con tres docenas de cuadros, no deja nunca de fascinarnos, provocándonos al mismo tiempo quietud e inquietud. Porque se ha hablado, quizá precipitadamente, del enigma Vermeer. Lo podemos aceptar con una única condición: el enigma no es propiamente de Vermeer, sino que Vermeer desnuda el enigma que cada uno es para sí mismo, y al mismo tiempo nos acerca a él y nos confronta con él.

Quizás nos cuesta entender que este enigma está directamente vinculado a lo que podríamos calificar como la banalidad de los temas que trata. Al fin y al cabo, Vermeer hizo fundamentalmente pintura de género, sin grandes innovaciones ni en temas ni estilo respecto a sus contemporáneos (Fabritius, de Hoogh, ter Borch, Metsu...) que nos han dejado cuadros excelentes. Vermeer es universal porque su universo es plenamente de Delft: en contra de lo que creen los cosmopolitas de puente aéreo, Vermeer es universal y se dirige directamente a cada uno de nosotros porque es imposible entenderlo al margen de Delft y de la época atribulada que vivió. Pero, sin embargo, no encontraremos aquí el supuesto enigma de Vermeer. Más bien el enigma es averiguar por qué nos atrapa con una fuerza que hace que, instantáneamente, nuestra atención quede polarizada por lo que Vermeer nos permite ver.

Vermeer no nos propone grandes escenas históricas, míticas, religiosas: lo digno de ser pintado. Más bien lo que recogen la mayoría de sus cuadros son un momento cualquiera de la vida corriente, casi banales, insignificantes. Fundamentalmente vemos un instante de vida de unas mujeres: haciendo bolillos, vertiendo una jarra de leche, escribiendo una carta, en medio de una clase de música... En contra de la creencia de que los momentos prosaicos son incompatibles con la dignidad...

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Cuando Joan Laporta ganó sus primeras elecciones en el Barça, una de las interpretaciones que se dieron fue que la candidatura derrotada lo fue entre otras razones porque era la candidatura del establishment, de los de siempre. Fin de la cita, que diría el clásico. Fin de la analogía. Porque el momento actual de las relaciones Catalunya-España es un reto político que no es solo un reto para los políticos. Es un reto para el establishment. El de aquí y el de allá, cada uno en su peculiaridad. Y como la corriente de fondo no es solo política, aunque se exprese políticamente, sería un error monumental pensar que esto ya lo arreglarán los políticos.

Acabe como acabe, es un fin de época. Por eso enternece tanto escuchar apelaciones a la transición, sin tener en cuenta que para los menores de 50 años ésta es su transición. Y quienes solo saben apelar al pasado o al mantenimiento del statu quo sin más razones que defender tautológicamente su pervivencia serán percibidos irremediablemente como representantes del antiguo régimen. Porque, pese a que fue reiteradamente anunciado y pésimamente leído, lo que subyace hoy en Catalunya es la ruptura de la confianza y de la vinculación con la España política y con la política española (a no confundir con España, por favor).

Cuando vimos a F. González salir en tromba a recordarnos y repetir que hay cosas imposibles, pensamos dos cosas: mucho debe haber calado la fractura política para que el establishment mueva una pieza mayor; pero también que si F. González repasara su propia biografía política, constataría que ha asistido en primera fila a la realización de unos cuantos imposibles internos y externos. Aún recordamos cómo a comienzos de los años 90 declaraba que algunos se han pensado que las fronteras de los estados-nación son un Viva Cartagena y luego vino lo que vino.

La pregunta es cómo se canalizará políticamente...

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Cuando a una persona no se le entiende mucho lo que dice, solemos decir coloquialmente que habla en chino. Como me lo han dicho tantas veces, ya puestos, en lugar de intentar evitarlo, voy a hacerlo directamente. Sabemos que ajustar una equivalencia entre nuestra escritura y la de los caracteres chinos es un trabajo ímprobo. Pero, en el manual que manejo, el equivalente a "moral" en chino es un caracter que, por lo que parece, viene a significar "caminar con el corazón de uno, como si diez ojos te observaran"

Confieso que es una mis aproximaciones favoritas a la moral. Porque el punto de partida es "caminar", y no algo como valores, normas o principios. La cuestión moral, pues, es quien camina, cómo y hacia dónde. Y con quien: los ojos que observan (real, virtual o inconscientemente) pueden hacerlo desde muy diversas actitudes: juicio, examen, condena, comprensión, compañía, afecto… Las miradas que recibimos y ofrecemos son cruciales para nuestro desarrollo moral compartido. Nunca he entendido por qué, cuando hablamos de cultura o valores del tipo que sea, nunca incluimos la consideración sobre el tipo de mirada que predomina en nuestras relaciones. Entre otras razones porque el mirar es siempre previo al hablar y al actuar.

Pero no quería glosar con detalle el caracter chino sino señalar uno de sus aspectos, que me parece crucial: caminar con el corazón. Nuestra mentalidad dualista, heredera de lo que Damasio calificó como "el error de Descartes", es masoquista: disfruta convirtiendo las distinciones en contraposiciones (razón y sentimientos, por ejemplo), y con el sufrimiento que esto nos genera. Con el binomio mente-corazón todavía nos vemos a nosotros mismos como una especie de mente cognoscente metida en un cuerpo no cognoscente (o como un cuerpo sensible conducido por una mente pensante al que le encanta desbordarla). Y, por cierto: hay un pictograma...

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