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Josep M. Lozano

josepm.lozano@esade.edu
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Ext. 2270

Fax: +34 932 048 105
Av.Pedralbes, 60-62
E-08034 Barcelona


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Persona, Empresa y Sociedad
El blog de Josep M. Lozano  
   
Author: Josep M. Lozano Created: 16/10/2008 11:45
Persona, Empresa y Sociedad - el blog de Josep Maria Lozano

[Este es mi comentario, publicado en el diario Ara el 14 de junio, del libro de Rafael Argullol Pasión del dios que quiso ser hombre]

Con este libro, Rafael Argullol ha hecho un gesto insólito en nuestra cultura: expresar en primera persona su aproximación a la figura de Jesús, al margen de apologetas, teólogos y comecuras. Un gesto ejemplar de normalidad cultural en una cultura como la nuestra, en la que las élites culturales a veces hablan de Jesús, el cristianismo y la religión con una ligereza que no se permitirían en otras cuestiones. Argullol nos acerca a una pregunta inquietante: ¿qué historia de Jesús explicaríamos si sólo dispusiéramos de la historia de la pintura, y no supiéramos nada más de él? Se acerca, pero no se atreve a arriesgarse del todo, porque no renuncia al texto evangélico, tal vez porque nuestra cultura ya nunca podrá renunciar él; en cualquier caso, queda como un reto pendiente, si es un reto que está a nuestro alcance. Más allá de algunas miradas iluminadoras sobre varias personas y hechos evangélicos, Argullol no rehuye el que probablemente es la pregunta más honesta sobre Jesús: "¿qué quería? Ésta es la pregunta que sigue vigente pese a las toneladas de religión que han caído sobre ella".

 

LIBRO - Pasión del dios que quiso ser hombre  Rafael Argullol (Acantilado, 14 mayo 2014)  Ensayo, Religión, Cristianismo, Jesús de Nazaret | Edición papelSan...

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El título de este artículo no es mío, sino del profesor Donaldson, de Wharton School. Lo asumo porque expresa gráficamente una sensibilidad que comparto. Hacia ella convergen, desde sus propias perspectivas, Fukuyama cuando se refiere a la generación de confianza en la economía o Putnam cuando habla de la importancia del capital social para el buen funcionamiento de la democracia. La cuestión de fondo que se plantea es que la viabilidad económica y política de una sociedad no es posible sin la asunción práctica, por parte de una mayoría de sus ciudadanos, de unos valores fundamentales. Y, por consiguiente, que no podemos entender el desarrollo de una sociedad sólo en términos económicos -aunque a menudo únicamente apliquemos este criterio de medida- porque la misma viabilidad económica sólo es posible si está asociada al cultivo, por parte de los actores sociales, de dichos valores.

Cuando hablo de cultivo de valores no lo hago desde una perspectiva instrumental. No comulgo con el reciente cinismo que nos recuerda que es necesario gestionar una buena reputación porque cada vez es más necesario aparecer como ético para poder ser económicamente exitoso. No pretendo cultivar un nuevo tipo de esquizofrenia. La riqueza ética de las naciones remite a valores necesarios para la viabilidad económica de un país, pero cuya justificación no es económica porque lo que se plantea es cómo construir una sociedad viable, justa y sostenible. Que determinadas prácticas arraigadas en valores tengan un impacto económico positivo no significa que dichas prácticas se justifiquen por razones económicas.

La sociedad del conocimiento, organizada en redes, nos obliga a replantear la vinculación entre la ventaja competitiva de las naciones y la riqueza ética de las mismas. La pregunta por la riqueza ética de las naciones emerge cuando descubrimos que son los valores los que configuran...

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En los últimos años, la cuestión de la RSE ha ocupado progresivamente un espacio relevante en el análisis de las prácticas empresariales. Con todo, y lo constato reiteradamente en clases y conferencias, a veces la sensación de mucha gente es la de encontrarse ante una sopa de letras difícil de digerir. Por eso es tan importante poner el foco no tanto en lo que se dice, sino en de qué se habla. La misma Comisión Europea lo ha intentado poniendo el acento en el impacto de las actuaciones y decisiones empresariales. Los impactos (o las consecuencias): he ahí un componente inexcusable de la responsabilidad.

Aunque no se suele reconocer así, muy a menudo, cuando se habla de RSE, tanto si se pretende enaltecerla como relativizarla, se hace desde una perspectiva dualista. Una perspectiva que opone la dimensión económica de la empresa («los resultados») a la dimensión social («la responsabilidad»). Esta perspectiva es compatible con un gran interés por la RSE, pero como algo añadido a la actividad empresarial propiamente dicha. Como si la viabilidad económica no formara parte de la responsabilidad. Y de la RSE. Pero este dualismo tiene otra cara, en la que se suele reparar menos: en nombre de la RSE a veces se proyectan exigencias hacia la empresa que desbordan su especificidad como institución económica y que ignoran algunos requisitos básicos de su funcionamiento.

 

Consejos básicos para mejorar tus relaciones socialesEn este marco se hace necesario un serio esfuerzo para pensar la RSE en términos de interdependencia. Hoy la responsabilidad corporativa no se reduce a las consecuencias de lo que las empresas hacen, sino que se refiera a la manera como las empresas se sitúan y actúan con su entorno. La RSE se refleja en los valores y criterios que orientan a las empresas en todas sus relaciones.

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Nos hemos acostumbrado a pensar que la memoria y la memoria colectiva son siempre restos del naufragio del pasado, de un pasado más o menos remoto que pervive entre las nieblas de nuestros recuerdos. Según la edad del lector, le podríamos trasladar preguntas relacionadas con el Mayo del 68, la resistencia antifranquista, el 20N y la transición democrática, la manifestación del 11 de septiembre de 1977, el intento de golpe de estado del 23F, etc. Seguro que  la mayoría presentaría un relato trufado de anécdotas y vivencias. Esta narración, presupone una cierta interpretación, selección, adaptación y manipulación de los hechos vividos que recreamos desde el presente cada vez que los revivimos. Es decir, el presente lo incorporamos a la memoria mediante narraciones construidas para dar sentido a lo que hemos vivido y lo que vivimos ahora.

La transmisión de estas historias que se van trenzando unas con otras contribuye a la construcción de la memoria colectiva, el relato que da continuidad a los recuerdos compartidos, que crea vínculos sentimentales de identificación, lealtad e inclusión, y que delimita las líneas de diferenciación cultural de un colectivo frente a otros. Cuando, en el futuro, se evoquen episodios singulares como la cadena humana de la Vía Catalana de 2013 y alguien diga " Yo también estuve allí", este mecanismo se volverá a activar. Es mediante la transmisión de historias afectivamente marcadas que construimos el puente que permite transitar de la memoria vivida por nosotros a la memoria colectiva mantenida y transmitida entre generaciones. Este es uno de los elementos que favorecerá el sentimiento de vínculo comunitario y de pertenencia.



Estas consideraciones nos sirven al menos para plantear dos reflexiones. La primera, para ser conscientes...

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Como no sabemos exactamente hacia donde transita nuestra sociedad, tampoco sabemos cómo denominarla. O, al revés, la denominamos de diverses maneras en función de la clave que adoptamos para intentar comprenderla. Hoy quisiera detenerme en dos de estas denominacions: sociedad de la información (o del conocimiento, que a veces se utilizan lamentablemente como sinónimos) y sociedad del riesgo. Y lo que quiero plantear es que estas denominacions, hoy por hoy, no son alternatives sino complementarias. Porque la sociedad de la información es a la vez una sociedad del riesgo. Y lo es no como una especie de subproducto lamentable, resultado de maldad y/o de la chapucería humanas, sino como algo intrínsecamente asociado al desarrollo de la sociedad de la información. Porque ya no hablamos de simples amenazas sociales o naturales que escapan al control humano (como podría ser el caso de las sociedades premodernas). Hablamos de riesgos que son consecuencia de decisiones humanas, cuyo impacto tiene un creciente carácter global y se percibe como indiscriminado; como se ha dicho gráficamente, la riqueza es jerárquica, pero la polución es democrática. Claro que hay maldad y chapucería humanas, y a veces en grado superlativo. Pero la característica común a la sociedad de la información y la sociedad del riesgo es la interdependencia. De ahí también el éxito de la denominación sociedad-red que, de hecho, se superpone a las anteriores

Olvidémonos por un momento de un subproducto de lo anterior, como son las nuevas formas de terrorismo y de delincuencia. Vayamos a lo que no es deliberadamente perverso... esperemos. Que la productividad esté cada vez más asociada a la...

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Más de una vez he iniciado un debate proponiendo esta pregunta: ¿qué hay en una empresa, recursos humanos o personas con recursos?

Creo que lo que se ventila en esta pregunta no es una cuestión de terminología sino, a la vez, un modelo de empresa y un sistema de creencias sobre la empresa.

 

Si hablamos de recursos, hablamos de algo funcional, prescindible en función de otros criterios u objetivos. Hablamos de un subapartado de una categoría más general –los recursos- que son algo pasivo, dependiente de las funciones asignadas, utilizables y –eventualmente- prescindibles. Ya es sabido: el que manda, asigna recursos; y quien es un recurso es el asignado. El director general de Infojobs acaba de declarar que las empresas cuidaban a los candidatos porque competían por conseguir a los mejores. Tras cinco años de crisis, y con casi seis millones de desempleados, "se trata a la gente como carne, como carne de cañón, se le hace sentir mal". Este esquema, en el límite, se ve reflejado en el diálogo entre dos directivos que publicó El Roto en El País: “¡Hay que reflotar la empresa!: ¡hunda algunos hombres!”. Por cierto: es necesario subrayar que este enfoque es perfectamente compatible con la retórica que permite afirmaciones engoladas sobre las personas como el activo o el recurso más importante de la empresa. Más aún: esta es la visión que vertebra esta afirmación, aunque parezca una paradoja.

 

Un recurso no es un sujeto. Un recurso no son personas con autonomía y voluntad. Pero es que, además, lo que ocurre es que muchos recursos personales no se activan –ni en la vida, ni en las organizaciones- a no ser, precisamente, que se ofrezca y se facilite esta posibilidad. Tanta pregunta por los recursos que tenemos nos lleva a ignorar los recursos inéditos pero disponibles....

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Vivimos bajo la contaminación mediática de los discursos del cambio y todo nos hace creer y ver el dinamismo de un mundo acelerado que deja obsoletas las certezas de ayer. Las escuelas de negocio y las modas de los divulgadores del trabajo directivo y del mundo de las empresas insisten una y otra vez sobre este tema. Las organizaciones han de reinventarse. Los directivos han de reciclarse. Los trabajadores han de adaptarse. Los procesos han de ser disruptivos. Las rutinas e inercias han de combatirse. Las zonas de confort han de evitarse. Las tareas han de ser fluidas. Los presupuestos han de cuestionarse. Las estrategias han de tener fecha de caducidad. Las profesiones han de actualizarse. Y los cambios, ¡ay!, los cambios; los cambios, como diría Heráclito, fluyen. Como ven, los tópicos sobre la gestión del cambio no cambian.

 

Nos hemos convertido en grandes expertos del cambio y de lo que está cambiando, pero hemos acabado por ignorar y no darnos cuenta de lo que no cambia, de lo que permanece. Liderar el puro cambio es tener vocación de anarquista. O de veleta. El cambio es posible en las organizaciones porque se interpenetran, como el ying y el yang, con la continuidad. Al fin y al cabo, las grandes organizaciones y empresas siguen siendo aquellas que tienen grandes culturas corporativas, que se mantienen fieles a sus principios, valores y maneras de hacer, ver y vivir. Una tradición es la encarnación institucional y cultural de un propósito impregnado de valores que otorga significado y continuidad a un colectivo, convirtiéndolo en comunidad. Esto no quiere decir que los valores o las intuiciones marco no puedan ser cuestionados o modificados, pero toda tradición lo es en la medida en que nos conecta con un sentido originario, único, inspirador; aquella sustancia que impregna la forma, el estilo, la actitud de enfrentarse a la realidad, al mundo, a la vida y a los problemas.

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Como la inflación sólo nos preocupa en su dimensión económica, nos hemos vuelto insensibles a la inflación verbal.

Y me parece que sólo la inflación verbal puede explicar la profusión con que las palabras ética o moral aparecen en los discursos y las declaraciones, profusión que a menudo revela una incontinencia verbal digna de mejor causa. Ya se sabe: siempre que alguien se siente impotente o indignado frente a algo que le disgusta o que, lisa y llanamente, rechaza, apela patéticamente a una supuesta pérdida de ética y/o valores. “Esto (lo que sea) no pasaría si la gente (o los “x”...) tuviera más ética”.

 

La razón por la que tanta gente dice estar convencida de que la ética puede salir airosa allí donde la legislación, la política, la gestión, las costumbres o la educación han fracasado, escapa a mis capacidades de comprensión. Mi credulidad es bastante limitada como para aceptar que la pobre ética podrá llegar allí donde las otras no llegan. Francamente: no entiendo cómo podremos resolver mejor los problemas de legislación, de política, de gestión, de costumbres o de educación hablando de ética o apelando a ella. Entre otras razones porque esto supone que ya las hemos planteado autosuficientemente sin ninguna consideración ética, que es lo que queremos añadir después. Y, la verdad, si la ética no está presente conceptualmente de entrada ya no lo estará nunca. Dicho con otras palabras, no entiendo qué sentido tiene un enfoque que cuando habla -por poner un ejemplo- de gestión no habla de ética, y que cuando habla de ética no habla de gestión.

 

A veces pienso que la caída de las grandes ideologías nos han dejado como herencia la nostalgia de un mundo bien ordenado (aunque un mundo bien ordenado sólo sea una fantasía bien ordenada). Porque, en el día a día, la falta de creencias compartidas nos ha dejado ante la evidencia de criterios...

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Con mi colega Josep Miralles –a quien debo buena parte de lo que presento en este texto- a veces provocamos una especie de juego de identificación. El juego consiste en algo muy sencillo: lanzamos, más que nada por afán de provocar, el supuesto de que, cuando se trata de pensar la relación entre ética y empresa sólo hay cuatro posiciones posibles. Y estas cuatro posiciones se pueden agrupar en parejas. E invitamos a cada cual a situarse en relación a ellas (o a situar algunos ejemplos sacados de los medios de comunicación).

La primera pareja responde a un único patrón. En esta relación, la una niega a la otra, ya sea la empresa a la ética o la ética a la empresa.

 

En primer lugar, la visión de la empresa que niega a la ética. Ya se sabe, los negocios son los negocios, y la empresa está para obtener beneficios. La empresa es una institución importante para la sociedad (¿cómo sería la vida sin empresas?), y su actuación viene dada por unas reglas del juego que no dependen de ella: si se trata de ética hablemos de las reglas, pero no de los jugadores. Consiguientemente, la ética no es relevante ni pertinente en el ámbito empresarial, que tiene otra lógica. Como me dijo una vez un directivo, “bastantes problemas tengo en la empresa como para que, encima, me tenga que plantear problemas no empresariales”. Los negocios son propiamente amorales, y pretender introducir en ellos la ética es introducir una perturbación innecesaria que, encima, nos distrae de lo que debería ser el foco de la actuación. Además, las que son éticas son las personas,...

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Vamos todos repitiendo obedientemente el mantra “sociedad del conocimiento”. Pero, ¿qué sociedad y qué conocimiento?

Veamos: en la sociedad que parece emerger, la vieja división entre cultura literaria y cultura tecnocientífica queda en un segundo lugar. De hecho, la sociología recreativa insiste en que la división entre ambas culturas se ha resuelto a favor de la tecnociencia. De ahí a grandes lamentaciones –e incluso funerales- sobre las humanidades solo hay un paso. Peter Sloterdijk afirmaba que "la cultura humanista, basada en el libro y en una educación monopolizada por el sacerdote y el maestro, ha perdido definitivamente su capacidad para moldear al hombre". La frase es tan provocativa como brillante, y su provocación y su brillo pueden hacernos dejar de lado unas cuantas aclaraciones que son necesarias: ¿qué se establece como cultura humanista y quién y cómo la delimita?; ¿no existe cultura humanista si no se basa en el libro?; ¿que el sacerdote y el maestro ya no monopolicen la educación es una constatación o una nostalgia?; ¿qué quiere decir hoy moldear al hombre?

 

Supongamos que aceptamos lo de la crisis de las humanidades, ¿pueden tener todavía algún papel las humanidades en la emergente (ehem!) sociedad del conocimiento? Hay ciertas tendencias que, a mi parecer, lo confirman, siempre y cuando las humanidades sepan asumir las nuevas condiciones sociales y culturales. Hasta hace poco el peso se decantaba hacia el hecho de compartir un fondo común del saber (el Allgemeine Bildung de los alemanes, la educación liberal anglosajona). El famoso canon occidental de Harold Bloom es, probablemente el último canto nostálgico a favor de esta visión de la tradición. Pero en el presente, la mezcla entre conocimiento aplicado, especializado y la necesaria comprehensión y capacidad de integración creará saberes mestizos, experiencias altamente interdisciplinares....

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